Acogerse a la Mediación es establecer un camino pacífico y voluntario para resolver los conflictos, donde la actuación profesional realizada por el mediador, persona neutral e imparcial, tiene como objetivo generar un entorno de confianza y establecer un marco de comunicación entre las partes en conflicto. Todo para que las ayude a lograr la mejor solución para todos.

Es una alternativa a los Tribunales de Justicia, pero no excluyente. Se caracteriza por ser un proceso no vinculante, en el cual las partes controlan en todo momento su participación. De esta manera no se deja la decisión final en manos de un tercero que pueda adoptarla.

En tanto no haya un acuerdo escrito y firmado por las partes, nada de lo manifestado, ofertado o discutido se considera vinculante entre las partes.

Constituye una fórmula válida y aceptada en el Estado de Derecho que contribuye a concebir a los tribunales de justicia como un último remedio, en caso de que no sea posible componer la situación por la mera voluntad de las partes.

Intentar una mediación no supone la renuncia al derecho a acudir a los tribunales o al arbitraje. Si la mediación no resulta exitosa, la persona continúa pudiendo acceder a ellos, si así lo desea.

Asimismo, se desarrolla en un intervalo de “tiempo determinado” (la mayoría de las mediaciones en ámbito civil/mercantil se resuelven en entre dos y cuatro sesiones).

La intervención y el papel del mediador diferencia a esta figura del arbitraje. Este último consiste básicamente en que las partes acuerdan someterse a la decisión de un tercero (árbitro). Un mediador, en cambio, es un profesional imparcial, neutral y sin capacidad para tomar decisiones por las partes, a las que asiste con el objetivo de favorecer vías de comunicación y llegar a soluciones consensuadas.